Los Orígenes del Programa Narconon
El 2 de agosto de 1965, William Benítez, un recluso de la prisión estatal de Arizona saltó desde su litera en el viejo bloque de celdas donde estaba preso, e hizo la siguiente anotación en el calendario de la pared: “Decisión de crear una fundación de narcóticos”. También trazó un círculo alrededor del día 18 de ese mismo mes, fecha en que se pondría en contacto con funcionarios de la prisión a fin de pedirles autorización para crear un programa de rehabilitación de drogas en las instalaciones de la cárcel.
Durante los siguientes seis meses, los funcionarios le negaron la autorización. La petición del señor Benítez de iniciar el programa, que consistía de veinte drogadictos condenados, causó preocupación a los funcionarios, quienes temían que tal programa podría crear problemas de seguridad (este tipo de programa no era común en las prisiones de esa década). Los funcionarios tenían pocos motivos para creer que la petición de un drogadicto empedernido y sentenciado repetidamente por delitos graves pudiera resultar en uno de los programas de rehabilitación para toxicómanos de mayor éxito.
El señor Benítez insistió, y finalmente les aseguró a los funcionarios que el programa era necesario y que no representaría ninguna amenaza para el funcionamiento seguro y ordenado de la prisión. Tras habérsele permitido empezar el programa con carácter de prueba, el 19 de febrero de 1966 fundó el programa NARCONON (del inglés NARCOtics-NONe: sin narcóticos).
Hoy, el programa Narconon se ha esparcido a partir de ese programa en la prisión estatal de Arizona hasta incluir programas comunitarios en muchos estados y países, tales como Dinamarca, Italia, Holanda, Alemania, Francia, Suecia, España, Canadá, Rusia, Ucrania, Kazajstán, México, Colombia, Suiza, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Ghana, el Reino Unido, Australia, Indonesia, Taiwán, Argentina y Brasil.
Hasta su muerte en 1999 debido a una enfermedad repentina, el señor Benítez actuó como funcionario a cargo de presidir audiencias en el Departamento de Readaptación Social de Arizona, mismo sistema que una vez lo mantuvo encerrado. A continuación relata su propia historia:
“Empecé a fumar marihuana en 1947, cuando tenía 13 años. A los 15 más o menos comencé a inyectarme opio y otras drogas. Empecé a meterme en problemas, y me arrestaron por varios delitos, así que decidí meterme a la Marina para ver si me podía alejar de las drogas. En vez de eso, durante el conflicto de Corea terminé arrestado por cargos relacionados con las drogas, recibí una corte marcial y me dieron de baja como persona indeseable.
Durante los años que siguieron, seguí tratando de mantenerme alejado de las drogas. Algunas veces lograba mantenerme limpio por períodos cortos, y luego regresaba de nuevo a la aguja. Continué con el problema como por dieciocho años, y me costó trece de esos años en prisión. Aparte de pasar tiempo en prisión en la Marina, tuve una sentencia federal, y también se me sentenció tres veces en los tribunales estatales de Arizona.
En mi último viaje a prisión, el 22 de diciembre de 1964 me declaré culpable de posesión de narcóticos. Ya que se me estaba sentenciando como trasgresor habitual, la sentencia era de quince años obligatorios, con la posibilidad de que fuera de por vida. Recuerdo hablarle a uno de los funcionarios del tribunal y decirle que iba a dejar las drogas, y que inclusive iba quizás a empezar un programa de rehabilitación. Recuerdo muy bien sus palabras: “Lo mejor que podemos hacer con tipos como tú, después de la primera vez, es llevarte detrás del edificio y hacerte a ti y al resto del mundo un favor poniendo fin a tu miseria”.
Mi abogado arregló las cosas para que yo me presentara ante el juez justo antes de la Navidad, al pensar que el espíritu de las festividades podría estar a mi favor. Es posible que haya funcionado. Le hice mi ruego al juez contándole acerca de todos los esfuerzos que yo había hecho a través de los años para alejarme de las drogas, tales como meterme a la Marina, internarme voluntariamente en hospitales para que me dieran atención y terapia psiquiátricas en varias ocasiones, aislarme en poblaciones mineras en un esfuerzo personal para dejar el vicio, e inclusive cómo dos matrimonios no me habían ayudado a enderezarme. Le dije que a pesar de todos esos fracasos, yo aún lo iba a lograr y encontraría una solución a mi problema; que todavía no me daba por vencido. Él debe de haber creído que aún había una chispa de esperanza para mí. Me sentenció a los quince años obligatorios, pero en vez de una sentencia de por vida, me dio de quince a dieciséis años.
Después de llegar a la prisión, un amigo me dio unos materiales de lectura para mantenerme ocupado mientras estaba en el bloque de celdas de orientación esperando la transferencia a la población general. Entre esos materiales había un libro viejito, destartalado, titulado Fundamentos del pensamiento, de L. Ronald Hubbard. Yo había escuchado sobre sus escritos cuando estuve antes purgando una sentencia de diez años en la prisión estatal de Arizona, pero nunca los había leído. Siempre había sido un lector voraz de libros que tenían que ver con el comportamiento humano. Sin embargo, este librito me impresionó más que cualquier otra cosa que hubiera leído jamás. Lo leí una y otra vez; luego compré más libros del señor Hubbard y los estudié muy cuidadosamente durante el siguiente año, aún en las altas horas de la noche en mi celda.
El material identificaba las capacidades humanas y su desarrollo. Yo estaba asombrado de que nunca me hubiera encontrado con algo que funcionara tan bien entre la multitud de obras que había estudiado a través de los años. No soy una persona crédula, que todo lo acepta en cuanto a enfoques o ideas nuevas o diferentes. Si funcionan, bien. De otra manera, las arrojo por la ventana. O funcionan, o no lo hacen. Estaba cansado de experimentar con tantas ideas y filosofías, muchas de las cuales tenían credibilidad solamente porque alguna “autoridad” las había escrito.
Lo que más me impresionó acerca de los materiales del señor Hubbard fue que se concentraban no solamente en identificar capacidades, sino también en los métodos (ejercicios prácticos) con los cuales desarrollarlas. Me di cuenta de que la adicción a las drogas no era nada más que una “ncapacidad”, que resultaba cuando una persona dejaba de usar sus capacidades esenciales para la supervivencia constructiva.
Descubrí que si una persona rehabilitara y aplicara ciertas capacidades, podría perseverar hacia metas propuestas, confrontar la vida, identificar los problemas y resolverlos, comunicarse con la vida, ser responsable, ponerse estándares éticos, y funcionar dentro de la banda de la certeza.
Finalmente me di cuenta de que había desarrollado las capacidades necesarias para vencer mi problema de drogas. Sintiéndome yo mismo en terreno seguro, sabía que tenía que poner esta tecnología a la disposición de otros adictos en la prisión. Pensé en todos aquellos junto con los que me había inyectado a través de los años, y me acordé de su conversación favorita: “Uno de estos días voy a dejar el vicio”. Yo había encontrado la manera de hacerlo y la iba a compartir con ellos. Allí fue cuando tomé la decisión en forma real, y la escribí en una página de mi calendario en la celda.
Tan eficaz era la tecnología que había aprendido, que sentí una libertad que había perdido hacía mucho tiempo. Los altos muros de la prisión se volvieron solamente barreras temporales. Me di cuenta de que mi celda de seis metros cuadrados era todo lo que necesitaba como puesto de mando. Inclusive allá por ese tiempo, yo sabía que Narconon alcanzaría proporciones internacionales, y escribí un artículo sobre eso en 1967: “El propósito de Narconon”.
El programa fue aprobado por el alcalde, y pronto empezó a crecer más allá de sus veinte miembros originales. Entonces comencé a recibir solicitudes de presidiarios que no eran adictos pero que querían meterse a Narconon. Me dijeron que estaban impresionados con lo que los estudiantes de Narconon les habían dicho del programa y lo que les había enseñado la tecnología. Me acerqué a la administración a fin de pedir autorización para incluir a quienes no eran adictos. Al principio se resistieron; dijeron que los presos no adictos no necesitaban los servicios de Narconon, y que podrían trastornar el programa.
Yo les demostré a los funcionarios que cualquier persona, recluso o no, se podía beneficiar de Narconon, porque su atención estaba en aumentar capacidades, que nosotros teníamos unos mecanismos de ética constitutivos del programa, que la responsabilidad y la participación que se requerían de un miembro pronto desanimarían a cualquiera que no estuviera seriamente decidido a mejorar. Convencí a los funcionarios de la prisión. El programa cumplió con las expectativas tan bien, que siete meses después de comenzar con el programa de Narconon, se me pidió que comenzara otro programa para trasgresores jóvenes encerrados en el anexo fuera de las paredes de la prisión.
Entonces le escribí al señor Hubbard acerca de Narconon. Él y sus organizaciones respaldaron nuestro programa donándonos libros, cintas y materiales de curso. Recibimos centenares de cartas de todo el mundo validando nuestros esfuerzos para hacer la drogadicción y el comportamiento criminal o ilegal una cosa del pasado en nuestra vida.”
Poco después de fundar el programa Narconon, William Benítez investigó la pena que el tribunal le había impuesto; descubrió que había sido juzgado con arreglo al estatuto incorrecto y sentenciado en exceso de lo que prescribía la ley. Al regresar ante los tribunales, al Sr. Benítez se le notificó que cabía la posibilidad de que la sentencia en nueva instancia fuera el tiempo ya servido, y que podría recuperar la libertad basado en los dieciocho meses que ya había cumplido a causa de la incorrecta aplicación de la justicia.
En ese momento, el programa Narconon apenas tenía unos pocos meses de haberse iniciado y el señor Benítez creyó que podría acabarse si él no regresara a terminarlo. En vez de pedir que lo liberaran inmediatamente, pidió una sentencia más corta que le permitiera implementar plenamente el desarrollo del programa Narconon. El tribunal lo sentenció en nueva instancia y le dio de cuatro a seis años, dejándole así dieciséis meses pendientes de cumplir. El señor Benítez regresó a la prisión y desarrolló el programa a total capacidad. Como él afirma: “Fue la mejor decisión, pero la más difícil que alguna vez tomé en la vida. Me hubiera encantado haber salido de los tribunales como hombre libre.”
Subsecuentemente, el programa Narconon llegó a oídos del público cuando los reporteros del periódico Arizona Daily Star sacaron permiso con el alcalde para entrevistar al preso que había pedido que lo regresaran a la prisión. El Star publicó una serie en dos partes sobre el programa Narconon en agosto de 1966. Las noticias del canal 10 de TV de Phoenix también llevaron sus cámaras a la prisión para entrevistar al señor Benítez y a los miembros del programa Narconon y para observar su funcionamiento.
El Sr. Benítez cumplió su sentencia de prisión y fue liberado en octubre de 1967. Se mudó a California para expandir la organización Narconon y ponerla a la disposición de quienes la necesitaran. El señor Hubbard y sus organizaciones respaldaron sus esfuerzos, lo que resultó en expansión por todo el mundo.
Años después, el Sr. Benítez regresó a Arizona y fue contratado como enlace para los presos por el anterior Director del Departamento de Readaptación Social de Arizona, el Sr. Ellis McDougall, en 1981. Hasta su muerte en 1999, trabajó para el Director del Departamento de Readaptación Social en las oficinas centrales como funcionario a cargo de presidir audiencias relacionadas con quejas de los presos.



















